me gustó eso de "rama de carnaval", eh
aunque todavía no puedo descifrar a qué me refiero
sábado, 24 de octubre de 2009
la nena y el perrote
a la nena siempre le dio miedo el perrote feroz de la casa de mitad de cuadra. aunque sus ladridos salieran por entre las rejas negras los dientes permanecían del otro lado. le asustaba tener miedo cuando pasara por allí. cuando tenía que hacerlo sola cerraba los ojos y corría. a veces gritaba, y si el perro dormía, y quizás soñaba con huesos, se despertaba y de inmediato iba a cumplir su función de imagen diabólica.
nunca había visto al dueño pero se lo imaginaba parecido al perro. vestido de crueldad, con cueros evidentes y pezuñas colgando de sus cinturones, con cadenas y una moto estrepitosa. se imaginaba también a la madre del dueño, llorando entre su empapelado de flores, temiendo por la suerte de su hijo cada vez que salía a atravesar el viento montado en su moto.
nunca vio las moto ni tampoco a su madre. pero así se imaginaba la situación cada vez que pasaba por allí con el corazón temblando.
la mamá de la nena se reía y le aconsejaba que madurara. que el perro no poodía hacerle nada mientras estuviera del otro lado.
una tarde la nena decidió apoderarse de todo el valor que le fuera posible y caminó hasta en frente de la reja, delante de los ojos inconscientes del perrote echado y respirando fuerte. lo despertó con el himno nacional entonado muy fuerte. mientras meneaba la cola y le sacaba la lengua. lo que no atinó a observar es que la reja aquella tarde había quedado abierta.
la nena lo notó recién cuando el perrote lo hizo. entonces corrió. corrió hasta que sus piernitas se doblaron en la vereda y sangraron indiferentes a las mordidas del perro.
la nena gritaba. la nena desesperada lloraba pero los domingos nadie escucha más que el futbol. la nena sufría de dolor y el miedo se había transformado en pedazos de carne propia, tendones desparramados y sangre en torrentes acaudalados.
la nena murió desangrada en la vereda.
nunca había visto al dueño pero se lo imaginaba parecido al perro. vestido de crueldad, con cueros evidentes y pezuñas colgando de sus cinturones, con cadenas y una moto estrepitosa. se imaginaba también a la madre del dueño, llorando entre su empapelado de flores, temiendo por la suerte de su hijo cada vez que salía a atravesar el viento montado en su moto.
nunca vio las moto ni tampoco a su madre. pero así se imaginaba la situación cada vez que pasaba por allí con el corazón temblando.
la mamá de la nena se reía y le aconsejaba que madurara. que el perro no poodía hacerle nada mientras estuviera del otro lado.
una tarde la nena decidió apoderarse de todo el valor que le fuera posible y caminó hasta en frente de la reja, delante de los ojos inconscientes del perrote echado y respirando fuerte. lo despertó con el himno nacional entonado muy fuerte. mientras meneaba la cola y le sacaba la lengua. lo que no atinó a observar es que la reja aquella tarde había quedado abierta.
la nena lo notó recién cuando el perrote lo hizo. entonces corrió. corrió hasta que sus piernitas se doblaron en la vereda y sangraron indiferentes a las mordidas del perro.
la nena gritaba. la nena desesperada lloraba pero los domingos nadie escucha más que el futbol. la nena sufría de dolor y el miedo se había transformado en pedazos de carne propia, tendones desparramados y sangre en torrentes acaudalados.
la nena murió desangrada en la vereda.
releyendo pensamientos de cuando releía otras cosas
hoy ya es agosto. creo que dieciseis. ya pasó mucho tiempo de aquella vez que escribimos el diario de playa. releyéndolo me pongo a pensar en que uno se olvida de momentos de la vida más rápido de lo que uno cree, y que lo que en verdad uno recuerda es lo representativo, imágenes o algo muy gracioso o significativo.
hoy pensé un poco en eso, no exactamente en los recuerdos o los olvidos, sino en el pasado, en el paso del tiempo, más bien.
hace poco fuimos niños. vos y yo fuimos niños y probablemente el mismo día comíamos torta y abríamos regalos. yo una chocotorta, vos un pastel azteca. a mi me regalaban muñecas y bombachas y a vos muñecos y bombachos.
me hubiera gustado jugar alguna vez con vos a los muñecos y sus historias.
hoy almorzamos en la casa de los papás de yollotl. parecía un bufet. en la mesa casi no había lugar para mirar el mantel. por suerte había muchas ensaladas ( iremos al infierno por matar plantas?), las infaltables en la mesa de todo mexicano, tortillas, carnitas y así.
ah, claro, había invitados además de nosotros: dos matrimonios y en total cuatro hijos que jugaban al squash ( miento, no me acuerdo del nombre del juego). jugamos en equipos. ganamos cinco a cuatro.
nos fuimos, nos bañamos. hoy me siento muy feliz, demasiado( no, jamás es demasiado) en paz.
Yollotl está inspirado y yo, en paz. estamos tomando unas chelitas. escribimos.
¿qué hora es?
las doce. y como era de esperarse es domingo.
hoy pensé un poco en eso, no exactamente en los recuerdos o los olvidos, sino en el pasado, en el paso del tiempo, más bien.
hace poco fuimos niños. vos y yo fuimos niños y probablemente el mismo día comíamos torta y abríamos regalos. yo una chocotorta, vos un pastel azteca. a mi me regalaban muñecas y bombachas y a vos muñecos y bombachos.
me hubiera gustado jugar alguna vez con vos a los muñecos y sus historias.
hoy almorzamos en la casa de los papás de yollotl. parecía un bufet. en la mesa casi no había lugar para mirar el mantel. por suerte había muchas ensaladas ( iremos al infierno por matar plantas?), las infaltables en la mesa de todo mexicano, tortillas, carnitas y así.
ah, claro, había invitados además de nosotros: dos matrimonios y en total cuatro hijos que jugaban al squash ( miento, no me acuerdo del nombre del juego). jugamos en equipos. ganamos cinco a cuatro.
nos fuimos, nos bañamos. hoy me siento muy feliz, demasiado( no, jamás es demasiado) en paz.
Yollotl está inspirado y yo, en paz. estamos tomando unas chelitas. escribimos.
¿qué hora es?
las doce. y como era de esperarse es domingo.
rama de carnaval
nos encontramos una rama de carnaval y jugamos un poco al ping pong.
estamos en la cabaña número cinco y entre la cuatro y ésta hay un pasillo con una carpa.
algunos durmieron más incómodos que otros. nosotros menos que los otros.
estamos en la cabaña número cinco y entre la cuatro y ésta hay un pasillo con una carpa.
algunos durmieron más incómodos que otros. nosotros menos que los otros.
y yo me muero de
ganas de gritarte fuertísimo al oído desde mi ventana que ya no canta el pez, que se ahoga y que te vayas por un rato.
domingo, 4 de octubre de 2009
mala broma
estuve mucho tiempo muy tiste por la muerte del cotorro. era demasiado verde, demasiado celeste como para no amarlo mucho. de vez en cuando me regalaba alguna de sus plumas maravillosas y tornasoladas por entre las rejas blancas de su jaula. las soltaba en un brusco movimiento de sacrificio y terminaba con la sublime caída al suelo de la pluma; entonces yo la juntaba y la ponía en un florero junto con las otras. tenía ciclos, estaciones. tenía sus otoños y sus primaveras. sus inviernos tiritantes y sus veranos de pachorra. no sólo era un decorado magestuoso, un atundo del espacio admirable por cualquier punto en el centro del jardín techado, sino que también era una companía del todo fresca. qué mejor que despertar abrazada de un silvido armónico, máscara perfecta de la naturaleza, de mi naturaleza que con tanto esfuerzo había armado dentro de mi casa, dentro de un invernáculo dentro de una ciudad grisácea y caótica. era un servidor musical. un despertador que obligaba a saltar de la cama con el pie derecho. mis dos pies eran derechos cuando el cotorro me despertaba.
diego me preguntaba que por qué no le ponía algún nombre al animal; yo le respondía siempre que así era más natural, un ave sin un nombre, como su madre hubiera querido.
diego me preguntaba que de dónde era, que no parecía ave de este continente, pero la verdad es que yo no sabía desde dónde me la había traído el viento pero me gustaba decir que era de Semsinia, por allá, de los lejos lugares invisibles.
comía a mi lado y sabía mirarme con amor y agradecerme el alcornoque triturado que le daba de comer. hasta que un día se murió.
el veterinario me dijo que era una infección pulmonar que había robado del clima; que posiblemente ese era el destino de todos los cotorros tornasolados en un clima tan seco como el de esta ciudad hundida.
le pedí de favor a diego que se encargara del entierro del pobre exiliado; lo convencí de que se me haría imposible meterlo en una caja de cualquier marca de zapatos y hundirlo debajo de alguno de mis arbolitos. prefería no saber en cuál de todas las tierras subterráneas de mi invernáculo había quedado, así podía seguir mirando a todas las flores con el mismo amor, con el mismo sentimiento sin tener que aludir a alguna de ellas el cadaver de mi pájaro. tampoco quería que reposara su alma en otro hogar, en algún parque populoso. diego lo hizo y le estuve agradecida.
lloré muchos días, muchos meses. de verdad quería al cotorro.
diego pasó muchas de sus tardes conmigo mientras yo no dejaba de humedecerme, e inevitablemente, de humedecerlo a él también. me abrazaba y tomabamos helado de queso. lo creía demasiado generoso y tolerante. él nunca quiso al cotorro y nunca pudo entender el aprecio platónico que yo le tenía.
un día me regaló un perro. un perro que nada tenía de especial. era igual a los otros perros. babosos, ladraba y comía cualquier cosa con una sonrisa sobre los dientes. se llamaba Rodrigo y era negro y yo le contaba del cotorro que alguna vez había tenido y que él jamás alcanzaría a suplantar, pero parecía que rodrigo no me entendía porque no dejaba de mover la cola pese a mis reproches.
aprendí, a pesar de mis esfuerzos polares, a sentir menos dolor dentro la jaula vacía. los meses anesteciaban un poco mi memoria y oscurecían de a poco el brillo de las alas del cotorro. silenciaban el canto y mecanizaban sus movimientos que alguna vez habían sido siderales.
y sumida en otros mantos pensamientos llegué entera al mes de noviembre y conmigo el día de muertos.
diego me convenció de que salieramos a alguna fiesta, que la noche se ponía divertida, pero yo no estaba tan segura de tener ganas. acepté después de que me aseguró que sería una velada íntima y gustativa y si queríamos después iríamos ebrios a alguna ronda de baile. fui a su casa del pasaje estrecho que esa noche estaba atestado de un humo suave y con olor a esponjado de naranja. entré complacida, con el paladar radiante y a la espera de sambullirse en el mar de textura como de seda y el sabor frágil del esponjado de naranja que diego hacía como un dios.
me contó algunas historias, leyendas y tradiciones de aquel día de muertos. me aseguró de que no era halloween y dejó el esponjado de naranja en el centro del espacio que nos separaba.
- esto es así, cada uno se va sirviendo del esponjado con los ojos vendados, de a turno, primero vos y después yo. o si querés empiezo yo. el juego consiste en que el que encuentra la calaca en su boca es el homenajeado en eeste día de muertos. es el que recibe los provechos espirituales, espectrales. no te asustes, nada de poseciones. simplemente es una tradición que cargaba con muchos significados y connotaciones festivas. querés jugar?
si, claro que si quería jugar. el vapor que el esponjado transpiraba me espiralaba las entrañas de placer.
nos vendamos los ojos y en silencio comimos de a cucharadas entre tímidas y disfrutadas, cada uno de los pedazos del esponjado. hasta que se subió a mi última cucharada un pedazo de esponjado con la calaca mezclada. cuando me la metí en la boca comprendí que había ganado, que había sido la homenajeada del día de muertos. me desvendé los ojos y vi un pico ceniciento y el hueco de unos ojos tan pequeños y redondos que me hicieron gritar del espanto. lloré sin darme cuenta. grité cosas que ni parecían en español, odié a diego durante toda mi vida por aquella mala broma.
diego me preguntaba que por qué no le ponía algún nombre al animal; yo le respondía siempre que así era más natural, un ave sin un nombre, como su madre hubiera querido.
diego me preguntaba que de dónde era, que no parecía ave de este continente, pero la verdad es que yo no sabía desde dónde me la había traído el viento pero me gustaba decir que era de Semsinia, por allá, de los lejos lugares invisibles.
comía a mi lado y sabía mirarme con amor y agradecerme el alcornoque triturado que le daba de comer. hasta que un día se murió.
el veterinario me dijo que era una infección pulmonar que había robado del clima; que posiblemente ese era el destino de todos los cotorros tornasolados en un clima tan seco como el de esta ciudad hundida.
le pedí de favor a diego que se encargara del entierro del pobre exiliado; lo convencí de que se me haría imposible meterlo en una caja de cualquier marca de zapatos y hundirlo debajo de alguno de mis arbolitos. prefería no saber en cuál de todas las tierras subterráneas de mi invernáculo había quedado, así podía seguir mirando a todas las flores con el mismo amor, con el mismo sentimiento sin tener que aludir a alguna de ellas el cadaver de mi pájaro. tampoco quería que reposara su alma en otro hogar, en algún parque populoso. diego lo hizo y le estuve agradecida.
lloré muchos días, muchos meses. de verdad quería al cotorro.
diego pasó muchas de sus tardes conmigo mientras yo no dejaba de humedecerme, e inevitablemente, de humedecerlo a él también. me abrazaba y tomabamos helado de queso. lo creía demasiado generoso y tolerante. él nunca quiso al cotorro y nunca pudo entender el aprecio platónico que yo le tenía.
un día me regaló un perro. un perro que nada tenía de especial. era igual a los otros perros. babosos, ladraba y comía cualquier cosa con una sonrisa sobre los dientes. se llamaba Rodrigo y era negro y yo le contaba del cotorro que alguna vez había tenido y que él jamás alcanzaría a suplantar, pero parecía que rodrigo no me entendía porque no dejaba de mover la cola pese a mis reproches.
aprendí, a pesar de mis esfuerzos polares, a sentir menos dolor dentro la jaula vacía. los meses anesteciaban un poco mi memoria y oscurecían de a poco el brillo de las alas del cotorro. silenciaban el canto y mecanizaban sus movimientos que alguna vez habían sido siderales.
y sumida en otros mantos pensamientos llegué entera al mes de noviembre y conmigo el día de muertos.
diego me convenció de que salieramos a alguna fiesta, que la noche se ponía divertida, pero yo no estaba tan segura de tener ganas. acepté después de que me aseguró que sería una velada íntima y gustativa y si queríamos después iríamos ebrios a alguna ronda de baile. fui a su casa del pasaje estrecho que esa noche estaba atestado de un humo suave y con olor a esponjado de naranja. entré complacida, con el paladar radiante y a la espera de sambullirse en el mar de textura como de seda y el sabor frágil del esponjado de naranja que diego hacía como un dios.
me contó algunas historias, leyendas y tradiciones de aquel día de muertos. me aseguró de que no era halloween y dejó el esponjado de naranja en el centro del espacio que nos separaba.
- esto es así, cada uno se va sirviendo del esponjado con los ojos vendados, de a turno, primero vos y después yo. o si querés empiezo yo. el juego consiste en que el que encuentra la calaca en su boca es el homenajeado en eeste día de muertos. es el que recibe los provechos espirituales, espectrales. no te asustes, nada de poseciones. simplemente es una tradición que cargaba con muchos significados y connotaciones festivas. querés jugar?
si, claro que si quería jugar. el vapor que el esponjado transpiraba me espiralaba las entrañas de placer.
nos vendamos los ojos y en silencio comimos de a cucharadas entre tímidas y disfrutadas, cada uno de los pedazos del esponjado. hasta que se subió a mi última cucharada un pedazo de esponjado con la calaca mezclada. cuando me la metí en la boca comprendí que había ganado, que había sido la homenajeada del día de muertos. me desvendé los ojos y vi un pico ceniciento y el hueco de unos ojos tan pequeños y redondos que me hicieron gritar del espanto. lloré sin darme cuenta. grité cosas que ni parecían en español, odié a diego durante toda mi vida por aquella mala broma.
viernes, 2 de octubre de 2009
el hombre: no quiero confundirlos con preámbulos que parecen introductorios y aclaratorios. el criterio de selección está en el fondo del asunto. uno puede saber la respuesta de cualquier pregunta si formula la pregunta tan claramente que suene absurda. absurda porque no pregunta nada. ninguna pregunta pregunta nada. tiene en sí la respuesta. tiene en sí la respuesta. es una respuesta que tiembla dentro de las faldas de una entonación yuxtapuesta. no sabemos cómo pasó que se inventaron las escuelas y tampoco sabemos cómo pasó que el hombre aprendió a acostumbrarse al mundo. las necesidades generan preguntas, generan, en sí, respuestas. en sí, las respuestas. el tiempo hablanda al hombre, lo hace creer que es más maduro que ayer cuando se hace más preguntas que suenan más armadas. entona más fuerte. yo lo único que puedo decirles es que el concepto del tiempo y del espacio están asociados a una dicotomía puramente estética, que nos sirve a todos, que se sirve a sí misma. ¿ para qué nos sirve? ahí tienen la respuesta. queremos generar pertenencias ecuatoriales, que equidisten con los conceptos desvariados, que nos hagan pensar en la posesión de abstracciones, de moléculas y átomos reales, tan reales que no permitan pasar los rayos catódicos de la duda. creemos que el mundo es un sistema binario de conceptos interrelacionados por medio de una realidad física y concreta, unn hilo conductor de discursos articulados, planeados e inventados por un pretexto invisible y desconocido que nos hace preguntarnos hacerca de las cosas en sí y del sí de nosotros haciendonos preguntas. creemos que nada de lo que nos digan nos va a hacer creer que dios existe y mucho menos vamos a cambiar nuestra idea de un cuerpo redondo que gira alrededor de otro( con tal puntualidad que nos magnetiza a las concepciones) constatemente sin que nadie tenga que girarlo. pero la realidad es que el universo se mantiene gracias a las tensiones y creencias y concepciones y certezas y muertes y tráficos y tránsitos y metabolismos conceptuales y deleites invisibles. las matemáticas son lo más parecido al suelo que tenemos, lo único real, es tan real como el sí en si mismo. existen los números imaginarios, nadie sabe por qué imaginarios realmente. no les decimos imaginariosporque no tengan una solución dentro de la ecuación. les decimos imaginarios porque es lo único real y concreto y si tomamos a eso como la única realidad nos daríamos cuenta que somos menos que eso, que somos menos que nosotros mismos y nuestra propia concepción aceptada mundialmente del mundo, y del universo que nadie conoce pero del que todos pronuncian en palabras tan pesadas y dolorosas como los números imaginarios. por qué mueren los matemmáticos? saben, saben de sí. saben la abstracción de sus cuerpos y pensamientos, saben que todo es mentira pero que hay una sociedad falsa que los mantiene vivos y mantiene vivo al universo que no existe. nada existe, solo los números imaginarios. y qué hacer cuando nos damos cuenta de esto pero queremos seguir viviendo por ellos y para ellos? sencillo. seguir viviendo. nada más importa. solamente olvidar y creer que lo que digo es mentira, pensar que las olas se siguen estrellando en alguna orilla aunque mi cuerpo no sea consciente. creer que la gente muere de hambre cuando no sabemos qué es eso y nadie vivió para contarlo. tengo hambre; pero ya falta poco, unas caricias a la mente, caricias azules azules, azules y las matemáticas serán lo inconcluso e infinitamente ageno al mundo, simplemente un poco de azul basta para leer los números como herramientas del universo, herramientas azules. azul. lo concreto es el resultado, la pregunta en sí lleva la respuesta a cuestas. una respuesta que quizás es azul. o más bien creo estar seguro de que es azul. todos son números, a todos me los imagino. y quiero seguir adormeciendome en el azul de algodón que me amansa los ojos, el cuerpo, y la mente, que amansan mi incorporeidad y mi oscencia, mi cerpo imaginario, mi numero primario; sin embargo toda pregunta se responde a sí. me responde a mí. una ecuación es un nacimiento y una muerte, es un imaginario concreto real, molecular.y todos lo sabemos porque soñamos y porque imaginamos y preguntamos al cielo y a los libros cosas hechas de números imaginarios. suna a filosofía pero son los números camuflados en un pensamiento mas abstracto y aparentemente natural de lo que, en realidad, no es ni será jamás.
entra una mujer blanca vestida de blanco:
- lo sabemos; y también sabemos que es tu hora azul. vamos, abrí la boca, yo sé que querés descanzar la cabeza...
el hombre abre la boca se traga la pastilla azul que la enfermera le puso en la boca.
- equis al cuadrado más uno igual a cero.
entra una mujer blanca vestida de blanco:
- lo sabemos; y también sabemos que es tu hora azul. vamos, abrí la boca, yo sé que querés descanzar la cabeza...
el hombre abre la boca se traga la pastilla azul que la enfermera le puso en la boca.
- equis al cuadrado más uno igual a cero.
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- Rosario tijeras
- me gusta mucho el chocolate, desperezarme, estornudar, odio la batata, me marean los videos caseros, me gusta cerrar los ojos, me gusta la villavicencio más que las otras aguas minerales, el olor a humedad,la luz de los veladores, las manos , me gusta marihuana, me gustas tu,las manos huesudas, yollotl, las hilachas, la cuadra con sol, mi dedo pochi,desperezarme denuevo, el principio de las canciones, el ruido de las chicharras, el del afilador, los escalosfríos, yollotl, el corazón del alcaucil, nosotros juntos, el hilo, leer, las cinco de la tarde, me gusta desayunar, merendar, almorzar, no me gusta el frio, me gusta cenar, no me gusta no soñar,